martes, 2 de diciembre de 2014

¡La fascinante vida de las profundidades del océano!



Se conoce como “zona abisal” al área de los océanos que se encuentra entre los 3,000 y 6,000 metros de profundidad. En esta zona, el ambiente es considerablemente frío (nunca supera los 4°C), la presión hidrostática es extremadamente elevada, existe una gran escasez de nutrientes y de oxigeno y carece completamente de luz. Ante estas características, la idea de que algún ser vivo pudiera desarrollarse parecía imposible.


Hoy en día, con el desarrollo de la tecnología, el hombre ha podido asomarse a los fondos marinos y corroborar la presencia de una notable variedad de peces, invertebrados, bacterias y otros organismos que habitan la zona; todos ellos con características muy diferentes a los animales de la superficie.

Esto, más allá de sugerir que nuestro planeta aún posee cientos de rincones misteriosos e inexplorables, hace replantearnos la pregunta sobre la existencia de vida en otros lugares. Tal vez, la pregunta no sea si existen condiciones necesarias para el desarrollo de la vida, sino la existencia de organismos que hayan podido adaptarse a condiciones particulares.

El Rape Abisal

Fotografía de National Geographic.
David Wrobel, SeaPics
Tal es el caso de una especie conocida como rape abisal, el cual ronda los 2,000 metros de profundidad normalmente, aunque se le ha visto nadando a profundidades heladas y extremas de 5,000 metros.

El rasgo más distintivo del rape, presente solo en las hembras, es una protuberancia de la espina dorsal que sobresale sobre sus bocas a modo de caña de pescar. De ahí su nombre en inglés, «anglerfish», que significa pez pescador. En la punta de dicho apéndice hay una trampa luminosa que esta caña incorporada usa como señuelo para atraer a las presas lo bastante cerca como para atraparlas. Tienen una boca tan grande y un cuerpo tan maleable que pueden tragarse presas que les doblan en tamaño.

Imagen del pez rape captado por primera vez en video
Crédito: 2014 MBARI
 
El macho, notablemente más pequeño que la hembra, no necesita ese tipo de adaptación. En lugar de buscar constantemente una hembra en el vasto abismo, ha evolucionado hasta convertirse en un compañero parásito permanente. Cuando un rape macho joven y sin compromiso encuentra a una hembra, se acopla a ella con sus afilados dientes. Con el tiempo, llega a fundirse con ella. Conecta con su piel y flujo sanguíneo, e incluso pierde los ojos y todos los órganos internos menos los testículos. Cada hembra puede llevar seis o más machos en su cuerpo.


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